Doblar la lengua en forma de “taquito” o “U” es una habilidad que durante décadas ha generado curiosidad y explicaciones populares. Algunas versiones la relacionan con una mayor inteligencia, creatividad o facilidad para resolver problemas, pero la evidencia científica disponible no confirma esas afirmaciones.
Aunque especialistas han estudiado la relación entre el control motor y determinadas funciones cognitivas, hasta ahora no existen resultados concluyentes que permitan usar este movimiento como un indicador de personalidad, creatividad o desarrollo intelectual.
No es una prueba de inteligencia
Una de las teorías difundidas señala que el movimiento requiere coordinación neuromuscular vinculada con áreas cerebrales que participan en procesos complejos. Sin embargo, los expertos advierten que esa asociación no basta para demostrar que quienes doblan la lengua tengan capacidades cognitivas superiores.
La inteligencia, la creatividad y la personalidad dependen de múltiples factores biológicos, psicológicos y sociales. Por ello, no pueden determinarse mediante una sola característica física o un gesto aislado.
La genética no ofrece una explicación única
Durante años, esta habilidad también fue presentada en clases como un ejemplo de un rasgo controlado por un gen dominante. Estudios posteriores mostraron que esa explicación era demasiado sencilla y que pueden intervenir diferentes elementos.
Actualmente se considera que doblar la lengua puede depender de su anatomía, la coordinación muscular, factores genéticos y la práctica. Las estimaciones citadas en investigaciones señalan que entre 60 y 80 por ciento de las personas logra hacer este movimiento, aunque el porcentaje puede cambiar según la población analizada.
Una variación normal
Los especialistas coinciden en que poder o no realizar esta forma con la lengua no representa un problema de salud ni refleja un nivel mayor o menor de inteligencia. Es una variación normal relacionada con características físicas y neuromusculares.
Estos movimientos pueden resultar útiles para estudiar la coordinación motriz y la plasticidad cerebral, pero no deben utilizarse como diagnóstico psicológico ni como una medición del coeficiente intelectual. La investigación continúa, mientras este caso recuerda que el funcionamiento del cuerpo humano es más complejo que los mitos difundidos en redes sociales.





