Nueva York, EE.UU.— El lápiz número 2, reconocible por su madera amarilla y la goma colocada en uno de sus extremos, ha acompañado durante generaciones a estudiantes estadounidenses. Sirvió para escribir las primeras letras, corregir errores y responder exámenes que, en algunos casos, podían influir en el futuro académico.
Aunque el lápiz no fue inventado en Estados Unidos, la industria de ese país ayudó a convertirlo en un ícono escolar. Caroline Weaver, historiadora y autora de The Pencil Perfect: The Untold Story of a Cultural Icon, explica que pintar el cuerpo de amarillo y agregar una goma en la parte superior son características específicamente estadounidenses.
Hasta mediados del siglo XIX, los lápices fabricados en Estados Unidos no incluían goma. En otras partes del mundo, de hecho, todavía es común encontrar modelos que prescinden de ella.
Entre los primeros fabricantes estadounidenses estuvo John Thoreau, padre del escritor Henry David Thoreau. Antes de retirarse a una cabaña y escribir Walden, el joven autor trabajó en la empresa familiar de lápices en Massachusetts.
A Thoreau se le atribuye la creación de una escala de gradación del 1 al 4. En ella, el número 2 ofrece un equilibrio entre grafito y arcilla: deja un trazo suficientemente oscuro, pero sin correrse demasiado. Weaver también aclara un mito frecuente: los lápices nunca han contenido plomo. Fuera de Estados Unidos se utiliza una clasificación semejante, conocida como HB, que considera la dureza y la intensidad del trazo.
La goma se mantiene unida mediante una pieza metálica llamada ferrule. Durante la Segunda Guerra Mundial, el racionamiento obligó a sustituir temporalmente ese material por plástico e incluso cartón.
Con la digitalización, el lápiz perdió presencia frente a computadoras y pantallas táctiles. Sin embargo, el avance de la inteligencia artificial ha provocado una reacción en escuelas y universidades. Algunas instituciones volvieron a pedir pruebas en papel y trabajos escritos a mano para reducir las posibilidades de engaño o brindar un descanso de las pantallas.
Así, el número 2 regresa a las aulas como una herramienta sencilla y compartida por generaciones: se escribe con él, se le saca punta, se borran errores y, en momentos de tensión, hasta se muerde.




