Chiapas.– En México, el consumo de refrescos es parte de la vida diaria, pero existe un lugar donde esta bebida ha alcanzado un nivel completamente distinto: el pueblo de San Juan Chamula, considerado uno de los sitios donde más Coca-Cola se consume en el país y el mundo.
Ubicado en la región de Los Altos de Chiapas, este municipio indígena tzotzil ha llamado la atención internacional no solo por la cantidad de refresco que se consume, sino por la forma en que se ha integrado a su cultura.
De acuerdo con especialistas, en el estado de Chiapas el consumo promedio de refresco alcanza más de 800 litros por persona al año, lo que equivale a más de 2 litros diarios por habitante, una cifra muy por encima del promedio nacional.
Dentro de ese contexto, San Juan Chamula destaca como uno de los casos más representativos.
Investigadores han documentado que en muchas familias es común consumir refresco desde edades tempranas e incluso llevarlo al campo como parte de la alimentación diaria.
Uno de los aspectos más sorprendentes es que en esta comunidad la Coca-Cola no solo se consume como refresco, sino que también tiene un papel en prácticas tradicionales.
En la iglesia local y en rituales de sanación, la bebida puede utilizarse como:
Esto se debe a la creencia de que el gas del refresco, al provocar eructos, ayuda a expulsar malos espíritus o purificar el cuerpo.
Con el tiempo, incluso ha desplazado bebidas tradicionales como el posh, un aguardiente de maíz usado históricamente en ceremonias indígenas.
Expertos señalan que el fenómeno no es solo cultural, sino también estructural. Entre los factores destacan:
Este conjunto de condiciones ha permitido que el refresco se integre profundamente en la vida cotidiana.
El alto consumo de bebidas azucaradas también ha encendido alertas entre especialistas y organismos de salud.
Entre los principales riesgos se encuentran:
En México, el consumo promedio de refresco ronda los 163 litros por persona al año, lo que ya posiciona al país entre los más consumidores del mundo.
El caso de San Juan Chamula, sin embargo, lleva esta realidad a un nivel mucho más extremo.
Más allá de lo llamativo del caso, especialistas coinciden en que este fenómeno refleja cómo factores culturales, económicos y sociales pueden moldear los hábitos de consumo de una comunidad.
San Juan Chamula se ha convertido así en un ejemplo claro de cómo una bebida puede pasar de ser un producto cotidiano a un elemento profundamente arraigado en la vida social y espiritual.
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