CIUDAD JUÁREZ, Chihuahua.— Cuando el reloj supera las 2:30 de la madrugada, algunas fachadas apagan sus luces y las cortinas comienzan a bajar, pero la fiesta no siempre termina. En corredores nocturnos como Gómez Morín, Tomás Fernández, Pronaf y la zona Centro, la salida de clientes puede prolongarse mientras otros buscan dónde continuar la noche.
El fenómeno responde a una mezcla de intereses comerciales, tolerancia operativa y costumbres fronterizas. El horario señalado para detener la venta de bebidas alcohólicas es a las 2:00 de la mañana, acompañado de un margen para realizar cobros y desalojar los establecimientos hasta aproximadamente las 2:30.
Ese periodo puede convertirse en una última oportunidad de consumo. Mientras se cierran cuentas, algunos negocios aprovechan los minutos finales y la salida termina acercándose a las 3:00 de la madrugada. También existen señalamientos sobre establecimientos que cierran sus accesos o apagan anuncios, pero mantienen clientes en el interior.
Las sanciones referidas por incumplir el horario van de 15 mil a más de 35 mil pesos. Para locales con ventas elevadas de botellas y mesas durante el cierre, la multa puede ser vista como un gasto absorbible, aunque esto no elimina las posibles consecuencias administrativas.
Una frontera acostumbrada a vivir de noche
La explicación no se limita a los bares. Ciudad Juárez creció con turnos industriales rotativos, actividad comercial binacional y una historia nocturna marcada desde la época de la Prohibición en Estados Unidos. Para una parte de la población, la madrugada forma parte de la dinámica cotidiana.
A esto se suma el tradicional “remate” o “after”: reuniones que pasan de los centros nocturnos a viviendas, patios o quintas. Actualmente, muchas son organizadas mediante chats privados y publicaciones restringidas en redes sociales.
Los jóvenes también suelen comenzar el “previo” cerca de la medianoche, por lo que el horario de cierre llega cuando apenas consideran que alcanzaron el punto más animado de la salida. Visitantes de El Paso y Las Cruces alimentan además una vida nocturna que perciben como más accesible.
Así, entre vigilancia limitada, cierres prolongados y fiestas privadas, Juárez mantiene su fama de ciudad que duerme poco. El reto para las autoridades es hacer cumplir los horarios sin ignorar una cultura nocturna profundamente arraigada.





